Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.- El mundo es eso - reveló-. un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con la luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay gente de fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas; algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman, pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende.

no es mío, claro, sino del gran galeano, uno de mis escritores favoritos de todos los tiempos. o puede que el favorito, sin más.

las palabras de galeano son uno de esos tesoros que hace tiempo nos vamos descubriendo unos a otros; son fueguitos, ojos curiosos, paredes que hablan, abrazos.

y no es que me haya quedado sin nada que escribir, es que no quería seguir haciéndolo sin rendirle un pequeño homenaje; porque además de conmover, galeano tiene la virtud de hacerte creer que cualquiera tiene algo bonito que contar. y yo le he creído; por eso existen mis espejismos.